La misión ante todo y como su nombre lo indica es un “Envío”. Ser misionero es ser enviado, al igual que Jesús en la tierra. En su oración al Padre Jesús dice: “Como Tú me has enviado al mundo, yo también los envío al mundo”. (Jn. 17, 18).
Somos testigos del Resucitado “Vosotros seréis mis testigos... hasta los confines del mundo”; “Id por todo el mundo y ANUNCIAD LA BUENA NUEVA a toda la creación” (Mc. 16,15).
Un misionero es, ante todo, alguien que se ha encontrado con Cristo resucitado. Alguien que ha experimentado en su vida el Amor de Dios: en el Perdón de sus propios pecados, en la esperanza de su propia salvación y de la vida eterna. Alguien en quien el Espíritu Santo ha sido derramado y lo hace exclamar: “¡Padre!” y lo impulsa a la caridad, a amar a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo “como Él nos ha amado”.
Para ser más conscientes de este encuentro personal con Dios, es conveniente que antes de salir a misionar reflexionemos y meditemos de nuestros propios encuentros con Dios. Hacer como dice San Agustín: “Un recuerdo amoroso de Dios en tu historia.” “Ustedes no me eligieron a mí; he sido yo quien los eligió a ustedes y los preparé para que vayan y den fruto, y ese fruto permanezca”(Jn.15,16).
Dios nos llama y nos elige a pesar de nuestra condición, porque la obra la va a realizar Él. “No somos nosotros los protagonistas de la Misión, sino el Espíritu Santo” como nos recuerda el Papa Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris Missio: “no os extrañéis que Dios elija lo débil del mundo para profundizar a los fuertes y lo necio para confundir a los sabios”. (Cor.1,26-31) .
Faltan.......
............para cumplir con nuestra misión.
ACAHAY, LA COLMENA, CALIXTRO, QUIINDY, YBYCUI



